¿Cómo alguien puede convivir con un cadáver, sacarlo a pasear, darle de comer, sin sentir su mismo miedo?
Siempre está conmigo; intenta sonreírme, pero no me es grato.
¿Qué voy a hacer contigo?, le digo.
Se encoge de hombros, y su muerte es más muerte en su indiferencia.
Le saco un billete para Vigo. Vaya usted a pasar unas vacaciones.
Cuando regreso a casa, sostiene el billete entre los dedos, esperándome en el salón.
¿Qué voy a hacer contigo?
Miramos un rato la tele y nos acostamos.
Yo rezo mis oraciones.
—¿No reza usted? —le pregunto.
—No —responde—, yo ya estoy muerto.
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