Esa boca hecha de silencios y reproches,
cuánto me torturó.
Nada hay más cruel que el silencio ante quien pregunta:
¿por qué?
Es como un cesto de mimbre que intentas llenar de agua.
¿Por qué? ¿Por qué?
Así es ese silencio.
Mejor sería hundir el cesto en la corriente,
beberse el río entero
para intentar saber por qué.
Fue una mala época.
Un Titanic que naufragó con todos sus pasajeros gritando:
¡haz algo!
¿Y cómo podía hacer nada
si el capitán se ató al timón
y puso rumbo al iceberg?
¿Por qué, capitán?
¿Por qué?
Y al final era muy sencillo:
ni siquiera éramos nosotros los actores de aquel drama.
Nuestra historia había terminado hacía tiempo
y ya pasaban los títulos de crédito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario