Ella era
especial, como esas naranjas que traen hojas pegadas al rabito, entre cientos
iguales, tan idénticas a bolas de billar.
Como una margarita en un campo de amapolas.
Diría que como desenterrar un fósil de helecho en Valles Marineris, o
contemplar un atardecer de verano en la Luna.
Sí: creo que lo especial se confunde aquí un poco con lo raro, pero era así.
Cantaba cuando
hacíamos el amor, bailaba al untar las tostadas del desayuno y, si salíamos a
comprar, se reía contemplando la fruta en el supermercado, ordenada en
bandejas. Decía: parecen muy respetables.
Y se fue como
vino: con un conjuro. Es decir: primero dijo “te quiero”, luego “ya no te
quiero”. ¡Y desapareció!